miércoles, 15 de septiembre de 2010

Viaje



El soldado que la puerta a fuerza de voluntad guarda con recelo, absorto en sus pensamientos se detiene por enésima vez, observaba al hombre que caminaba lentamente sinuoso sendero, le traía desde lejos, otra villa, tal vez otra nación. Sus rasgos denotaban el hecho, no obstante, al ser el único en ese momento prefirió guardar silencio, sólo seguirlo con la mirada mientras éste volteaba por una de las callejuelas empedradas. Se resistió al impulso de correr tras él y pedirle datos de su origen, puesto que no gustaban de forasteros, bien sabido que los piratas parecían pirañas que no se anunciaban y dejaban el pueblo en sus esqueletos. Suspiró, mejor era guardar silencio. Los dedos llevó hasta las sienes y paseó por las mismas sus dedos regordetes antes de resoplar aburrido, se rascó la cabeza y volvió a sentarse a la espera de su compañero que andaba en los pozos negros.

El humo de las viviendas se alzaba dando aspecto de calidez a su llegada, alzó un poco más el rostro con el fin de que sus orbes ovidiana llegaran a vislumbrar el campo delante suyo, moteado por varias casas que le invitaban a continuar su trayecto. Negó y aspiró el aire llenando sus pulmones de frescor, de alivio, pronto su viaje se detendría y podría aprovechar para saciar tanto el hambre como el frío, junto a una buena pinta de agua ardiente y una caldilla de sopa. Eso le animó mucho más, así prosiguió la caminata.

Así localizó, después de caminar varios minutos por la ciudad, una taberna donde pasar el rato, el letrero de madera tallada pendía de un listón de igual de madera, se balanceaba silbando melodía extraña. Empujó la pesada puerta e ingresó quitándose el sombrero mientras alzaba una mano, de esta manera llamó la atención de una de las mujeres que atendían a los señores recién llegados – Licor – agitó la mano dejando una moneda de plata, las de oro ni las mostraba. Se acomodó en una de las tantas mesas. El fuego con inseguras llamas se avivaba y trataba de apagarse dejando en penumbra a los que allí se reunían mas alguien llegaba y le lanzaba otro leño para darle otro soplo de vida.

También fue testigo de los saludos hacia alguien que parecía bastante conocido, tal vez era de la ciudad, alguien como él que andaba de puerto en puerto no era muy conocido, tampoco le agradaba hacer gran alarde de su presencia, mientras menos le conocieran era mejor para el negocio. Sonrió al percatarse de que la mujer ya traía el licor y coqueta le quedaba mirando, quizás quería más dinero. Alzó una ceja – Tráigame comida caliente y una hogaza de pan – sostuvo su mano, le dio un apretón, lo suficientemente fuerte para que ella le sintiera, lo bastante sutil para no dañar a la dama, que a pesar del lugar donde trabajaba, era delicada, algo robusta, pero bien carnosas eran las que más calentaban las camas.

Una sonrisa llamativa de ella y jalaba de su mano para girarse dando respingo coqueto y una mano aparatosa se estrellaba contra sus nalgas pronto un agarrón le daba y ella, poco precavida entre sus enaguas mecía las carnosas piernas antes de ir por la comida, un bretel resbalaba por su hombro descuidadamente. Ya sentía que se había ganado un cucharón más de la cazuela sustanciosa, se saboreaba de sólo pensar en cómo sabría.

La hembra, la comida…

martes, 14 de septiembre de 2010

Alejandro (5)



Cual cortinas, los portones toscos de madera gruesa y nudosa se abrían, el chirriar de las bisagras enmohecidas y poco atendidas quedaba en evidencia, no obstante, el tumulto y su algarabía lograba acallar el sonido melódico de aquella entrada. Estruendo se escuchó cuando ambas hojas de esa puerta llegaron a los topes y fueron sostenidos por soportes gruesos de metal. Ya la gente se movía presurosa con el fin de encontrar antes al mejor de la selección escogida para aquella jornada. Y no es que todos los días tan afamado comerciante abriese sus puertas para exponer piezas del calibre que ahora se presenciaban.

A pesar de que los hombres intentasen organizar la entrada a la exposición, todos entraban cual tropel de animales selváticos, cuál de todos más agreste y menos entendido en cosas de dialéctica. A punta de empujones, codazos y zancadillas varias se hacían de los primeros lugares en busca del esclavo que cubriese sus necesidades, por ridículas que fuesen. Ya consumado extenuante lucha por los mejores ejemplares, se fue disipando el ambiente tan rudo y exento de etiqueta. El hombre alto sólo negaba con atisbos de burla. Tanto que le nombraban como animal o bestia, siendo que los ajenos se comportaban de manera mucho menos decorosa de lo que él realizaba sus tareas.

Entonces se acomodó a buena distancia de todos aquellos, una mesa bien dispuesta con el fin de llevar sus anotaciones, como la contabilidad de las monedas que pagarían por cada uno de los individuos a trocar. Obviamente, una carta donde se especificara el cambio de propietario, la fecha y estipulaciones sobre devoluciones. No era un hombre muy poco conocedor de su oficio, conocía muy bien la mentalidad de algunos de los clientes, por lo mismo les hacía firmar documentación desligándose de la salud de los esclavos luego de adquiridos.

El rechazo se hacía patente, llegaban a temblarle las rodillas a los que se acercaban a la mesa del pelirrojo, que a pesar de llevar el rostro a medias cubierto parecía provocarles desconfianza sólo por el tamaño descomunal de su anatomía, por la manera en que debía curvar la espalda para llegar a la mesa. O quizá culpable de aquellas miradas eran sus orbes, el pigmento de los mismos. Puesto que las pupilas eran claras, sonrosadas para mutar a tintes bermejos en horas de intranquilidad. Desvió la mirada hacia los contrarios, pues el aire se llenaba de esos rumores que despertaban curiosidad en el de cabellera roja cual marejada sangrienta.

Dos de los esclavos se le acercaban para informar que uno de los esclavos hubo mordido a un cliente, así que dejó encargado su tan buen dineral para avanzar en la dirección que le indicaba su personal. Debieron ver en su semblante escrita la molestia de tener que separarse de sus monedas, puesto que la gente, sin solicitarles nada, se abría dejándole paso al dueño de tan noble morada. Cadenas gruesas como pesadas sostuvo desde el lodo para alzar al hombre que yacía ya en el suelo con la boca ensangrentada debido a la ferocidad de su actuar, la sangre era del cliente que había osado propasarse con él – INSENSATO – la mano diestra barrió el aire para ir a dar un fuerte golpe que fue a parar al costado del hombre, éste cayó de bruces y escupió sangre. Y entonces le soltó de la nada, para girarse hacia el que había sido víctima y anterior victimario. Su mano extendió – Deberá pagar por el daño del esclavo –

“¿Pero cómo?, ¡si él fue quien me ha mordido!” Espetó furioso el cliente adolorido.

- Al bruto indócil aplicaré justo castigo – volvió a insistir con la mano en espera de la compensación financiera – No obstante, muy bien explicado en el poste está – uno de los postes gruesos tenía un gran cartel que decía no debían tocar a los esclavos a menos de que los compraran o sino pagar la cantidad adeudada por el daño en los mismos.

Y el hombre retrocedió para observar el cartel por quinceava vez, no pensaba cancelar, después de todo una de sus manos sangraba copiosamente, sentía que el que debía cancelar era el comerciante por tener a esos animales salvajes con tanta libertad que viniera y le mordiera a cualquiera que le quisiera tocar – Me rehúso a cancelar por algo que no he de llevar –

Así el violento tronar del suelo se escuchó cuando el hombre macizo y alto golpeó la tierra con uno de sus pies. No era posible que algo como eso se suscitara en su propia residencia, que alguien viniese a faltarle el respeto, primero tocando lo que él había indicado ni siquiera osar en hacer contacto físico y ahora negándose a cancelar por el dolor abdominal de su esclavo. Agarró del cuello al hombre de buenas vestimentas, tal vez era adinerado o familiar de la corona, daba igual. En tierras tan lejanas nadie interesaba más que el mismo dinero, el duro que caía en las alcancías del frenético comerciante. Así le separó lentamente del suelo mientras el otro sacudía las piernas dándole de a patadas en el vientre, en el torso, donde alcanzase – Repito… ¿Va a cancelar el importe por las molestias causadas en mi propiedad? – encerraba así grave pensamiento, oscuro quizá. Sólo se escuchó las vértebras del hombre castañear y le vieron quedarse tan quieto como un pequeño muñeco de trapo.

“S-sí… SÍ!” Masculló con el poco aire que tenía en los pulmones

Los dedos se abrieron y el cuerpo cayó con fuerza, un quejido se logró oír, todos los demás “invitados” de pie y en silencio sepulcral eran testigos de la tempestad creada en un vaso de agua. Así la mirada indomable del más alto de los hombres presentes fulminó a todo aquel que osara observarle a la cara. Corrieron la vista haciéndose los desentendidos, ahora comenzaban a pedir permiso para que los esclavos se mostrasen. Algunos de esos prisioneros sonrieron internamente, aún en el peor de sus días estaban siendo tratados como algo valioso, cosa que nunca en sus vidas había ocurrido. Luego se vería qué sería de sus existencias, en el momento disfrutarían de la pequeña grata emoción que un hombre desconocido como horrendo les otorgaba de la nada.

- Bien – Quebrantaba el silencio y sin emitir más palabras traspasó nuevamente la multitud. El distinguido cliente entonces, fue sostenido por dos de los que acompañaban en el trueque al señor de la casa, le arrastraban como vil mendigo hasta la mesa de recaudación. A la fuerza lo sentaron y revisaron sus ropas para sacar todo el dinero que llevaba en una bolsita y la dejaron a buen lado del pelirrojo.
“Mi… mi dinero” Pero no pudo ni extender la mano, un grueso machete golpeó la mesa roída y quedó allí varado, dando espectáculo a todo quien le mirase. La mano retrocedió temerosa y quedó serio tañendo su ira interna.

- Tiene suerte… - ronco hablaba, tomó el saquito y lo volteó en la mesa para calcular más o menos la cantidad de monedas – es justo lo que cobro por maltratar mi mercancía – Entonces se levantó para hacerle una reverencia excesiva y ridículamente sarcástica – El señor ya se retira… por favor indíquenle la salida – De esta manera el hombre fue cogido por los hombros de tan costosa chaqueta y fue lanzado en medio de la calle, estampado en una posa de lodo y sangre, quién sabe la suerte que correría puesto que los carruajes iban y venían.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Alejandro (4)



Y punto final. La tinta escurrió libremente por la pluma en descenso lento que llegó a mancillar el trozo de papel aún límpido. Sonrió, el día había sido provechoso, ahora sólo bastaba ir por algo de comida para en la tarde estar lleno de energía al recibir a los clientes ávidos de bienes de primera calidad. El regateo no era lo suyo, era bien conocido por tener buenas piezas, casi de colección. Por lo mismo cobraba sustanciosas sumas de dinero que llegaban para alimentar las arcas del hombre que casi ni gastaba lo que tenía en su poder. Al ser soltero y sin familia, nadie podía hacerse del dinero que poseía, mucho menos de sus vienes que trataba con recelo, casi como un anciano decrépito. Si es que no se había convertido en ello a tan temprana edad.

Ahora se apartaba del mueble lustroso que mantenía en orden los pocos rollos de papel que mantenía enrollados. Se quitó el abrigo pesado y lleno de lodo para colgarlo en su lugar mientras los largos mechones bermejos caían a los costados del rostro, se deslizaban por los hombros y espalda del hombre como riachuelos sanguinolentos, hermosa pigmentación que en él sólo aportaban más características poco placentera para el ojo ajeno. Ya ni se miraba al espejo, había tenido uno hacía varios años. Era un lujo que muy pocos podían darse, mas él teniendo tan horrendo rostro, sólo pudo traerle miserias, hizo de él miles de fragmentos que el mismo lodo se ocupó de ocultar.

Cuán placentero aroma le hubo inundado de gratos pensamientos y sonidos extraños a la altura de su abdomen, almuerzo. La mujer en traje de arapos venía a informar a su amo de que la comida estaba preparada para él, su mirada inclinada hacia el suelo permaneció en todo segundo, ya bastaba con haberle mirado a la cara cuando hubo llegado con el fin de no buscar nunca más ese rostro desfigurado. Así pasaban los días, lentos y en orden, la vida de la esclava estaba asegurada hasta que tuviese fuerza para pelar las verduras y faenar los animales que le daba de comer a su propietario.

El agua se escuchó verter en una fuente mientras las fuertes pisadas se acercaban, así las manos dispuso bajo el chorro de la jarra sostenida por la mujer de edad. El líquido frío caía lento por sus nudosas manos que se frotaban tranquilas una contra la contraria, una barra tosca de jabón hizo su aparición y pronto la espuma escandalosamente se mostró. Nuevamente se hundieron las manos en el agua y ya sacudió un poco para que la mujer le acercara un trozo ancho de tela que hacía las veces de toalla – Gracias… - la voz tosca del hombre se hizo sonora para indicarle con este gesto que estaba preparado para que ella sirviera el estofado que se cocinaba en la cocina a leña.

Otro leño metió a la estufa y se retiró de allí para ir a tomar asiento en ancha mesa exenta de algún tipo de mantel que le cubriera. Las manos plantadas sobre los nudos de la madera, arrastraba una de ellas quitando las pocas migas que hubiesen quedado acumuladas, y pronto ya su plato humeante llegaba a posarse cual mariposa para que él se deleitase con tan buen aroma desbordando en dirección de sus fosas nasales. Inspiró profundo con los ojos cerrados y así bordeó la cuchara antes de tomarla. Sólo la mitad se llegó a hundir en el plato para moverle en círculos hasta que un poco de lo contenido allí llevó hasta los dientes. No había labios por lo mismo más cuidado debía tener al momento de comer. Soplaba con cuidado y luego tentaba con la punta de la lengua antes de dejar resbalar la comida al interior de su cavidad bucal.

El tiempo transcurrió, ya había almorzado y ahora andaba en las afueras de su propiedad dando órdenes de que limpiaran los patios contiguos a la vivienda, pronto llegarían los clientes y él debía presentar a los nuevos esclavos. Ahora sólo debía ir a chocarlos por sí mismo, ya sus hombres debían haberlos revisado, no obstante, siempre el dueño debía estar en todo con el fin de confirmar el buen estado físico de cada uno de los animales que vendía. No le gustaba que luego volvieran con problemas que nunca existieron. Ya no devolvía el dinero, mucho menos recibía de regreso a los que alejaba de su techo.

Una vez que las instalaciones estuvieron listas, el dueño entró a hacer revisión dental y ocular a sus esclavos. Primero las mujeres. Así fue separándolas por edad y estado (ya sea virgen o no). Las que terminaban la revisión, eran llevadas al exterior, desprovistas de vestimenta, encadenadas a la estructura de madera dispuesta para tal exposición. Las que tenían más valor estaban atrás con el fin de que no se acercaran mucho, sólo las examinarían los que tenían el dinero como para pagarlas. A las niñas, por ser infantes, sólo se les permitía tocarles el rostro, el resto del cuerpo permanecía sin vestimenta con el fin de que apreciaran sus infantiles cuerpos libres de heridas o de alguna clase de enfermedad, pero, no se les permitía tocarles, para nada.

Luego los hombres. Siempre se resistían más que las mujeres, pero después de ciertas demostraciones de poder por parte de los cuidadores, ya no necesitaban más de violencia. Se dejaban revisar como les placiera al dueño y sus asistentes.

Así mismo, fueron encadenados de manos y piernas a los postes, así también del cuello. No faltaba el que deseaba morder el rostro del futuro comprador. Los nativos de otras latitudes, en especial los ladrones y presidiarios de otras tierras eran reacios a cooperar, por lo mismo se les mantenía firmemente sostenidos de grilletes que no escatimaban en gastos para aferrarlos a la esclavitud.

Preparados todos, en sus puestos, dejaron abrir los grandes portones de madera y los perros fueron encerrados para permitir al distinguido ingresar a la gran exposición de hermosos ejemplares, recién aseados y acicalados con el fin de realzar su belleza, en el caso de las mujeres, y su fortaleza, en el caso de los hombres.

- Buenas tardes – parco saludaba el hombre aún con su rostro semi cubierto con el fin de no espantar a los buenos señores que venían con bolsas llenas de monedad de otro que pronto se sumarían a las arcas que mantenía.

I can't breath



Neid~

Vampirito

Alejandro (3)



Las hileras de esclavos comenzaban a organizarse en la playa, estaban empapados de pie a cabeza los más fuertes, les habían obligado a nadar hasta la orilla, los traían atados con grilletes desde el cuello, evitando así que se escaparan de su destino, incierto por lo demás. Los más jóvenes y las mujeres eran transportados en botes hasta la orilla y así poco a poco venían llegando todos. Los comerciantes se agolpaban en el mismo lugar en busca de la mejor selección, no obstante, todo quedaba sujeto al precio que hubiesen acordado con el hombre que les había capturado. Y puesto que el pelirrojo manipulaba bastante bien la situación con aquel, puesto que le debía algunos favores, entonces obtenía la mejor parte de la partida.

Obtuvo lo justo y necesario, tenían buena dentadura, hombres fuertes, mujeres jóvenes que servirían como sirvientas. Niños y niñas para aquellos que preferían enseñarles de pequeños con el fin de obtener mejores resultados, a él le daba igual, de acuerdo, no le daba lo mismo, no tenía suficiente paciencia para educar a un niño. Por lo mismo, ni se apuraba en buscar esposa. Seamos francos, ninguna hubiese deseado acercarse a un hombre con el rostro desfigurado, por lo mismo, sólo le quedaba aguantar su soledad hasta que su vida terminara abruptamente, eso era lo que él esperaba, no padecer de alguna enfermedad que le hiciera pasar dolor u hambre, nadie se le acercaba si no era para pedirle algún favor de vida o muerte, o para comprar a esos esclavos que lo único que deseaban era matarlo.

Un hombre como ese, sólo tenía su dinero y sus bienes. Tampoco deseaba más. Estaba solo, no le debía nada a nadie, no había sentido nunca atracción por nadie. De hecho, sólo repulsión le provocaban los demás. Que fueran tan “perfectos” eso era lo que no aguantaba. Los culpaba de su propia deformidad y por ello es que no se cansaba de destruir cuerpos ajenos. Incluso había caído en el pecado de alimentarse de algunos de ellos. Prefería no pensar en eso, sino no lo volvería a repetir, pero la carne humana le provocaba cierto placer al momento de degustarla.

Deslizó dos dedos por la vulva de una de las mujeres e hizo presión para averiguar si la misma era virgen o no, ésta se cohibió mas no presentó muestras de dolor al ir un poco más allá, por lo que la separó y siguió buscando hasta hallar unas cuantas vírgenes del total de mujeres que hubo comprado. Ordenó entonces mancharles la espalda con cierta marca, de manera que se distinguieran a simple vista. Ya llegarían a casa a ponerles pesados armatostes que les mantuvieran alejadas de los demás hombres, así también, serían vendidas en precio más alto que a las demás. Ya casi no se encontraban esclavas en esas condiciones de pureza. Sonrió había corrido con suerte, tres vírgenes en un solo lote, eso si que ya casi no se veía en ninguna parte.

Desvió su atención, un carruaje se movía a uno de los costados, los caballos avanzaban por el fango mientras las ruedas dejaban huella inequívoca del sendero que les haría perderse por las callejuelas. Arrugó la nariz, odiaba a esos adinerados, mucho más a los que venían recién llegando de otras latitudes, siempre se le quedaban mirando como lo que era: un adefesio. Toda la vida le habían mirado de distintas formas, la mirada que más odiaba era la de lástima. Sin embargo, qué se podía hacer si todos le compadecían por nacer con el rostro con forma tan horrenda.

Chasqueó los dedos y comenzó a caminar lentamente, ya los demás se hacían cargo de revisar los grilletes y de halar de ellos con el fin de obligar a los nuevos esclavos a seguirlos. Los niños iban delante de los mayores con el fin de protegerlos, los perros y los ladrones siempre trataban de sacar mejor parte del transporte de los más desposeídos, así los latigazos se hicieron escuchar cuando los hombres más fuertes intentaron buscar libertad por sus propios medios, pensaban que con echar a correr las cadenas reventarían y podrían escapar, no obstante, no contaban con que la misma acción arrastrara a todo el grupo con ellos y cayeran de bruces contra el barro; sólo se ganaban buenos azotes y sus espaldas decoradas con surcos sanguinolentos que le cruzaban la espalda de costado a costado.

“Señor” Fue la voz de su esclavo más cercano la que llamara su atención y le obligara a girar para ser testigo de tamaño escenario. Respiró hondo y dejó las cadenas de los infantes a manos de ese hombre con el fin de ir por los infames. Agarró el látigo y rodeó con él el cuello del que había entorpecido la caminata para levantarlo a varios centímetros del suelo - ¿Quieres libertad? – susurró, la voz silbaba entre sus dientes como gruñido del viento. El rostro del esclavo se retorció entre dolor por ser ahorcado y por las facciones de su nuevo dueño, ahora que los débiles rayos lumínicos bañaban sus facciones se delataban sus imperfecciones y el esclavo comenzaba a entender el destino que le había tocado – Pórtate bien… o sabrás lo que significa la libertad para ustedes – lo dejó caer antes de abrirle parte de la espalda con un solo golpe del látigo, que actuó cual cuchillo caliente sobre la margarina, rebanando parte de la piel del prisionero.

El alarido se hizo escuchar y un relámpago caía en el medio de la bahía – Arriba – gruñó cogiendo al problemático por el pelo para obligarle a avanzar.

Ahora todos se movieron más rápido, más seguros de querer llegar a donde le indicaban sin hacer ningún intento por escaparse. Así le gustaba, sonreía animado, el mismo cielo le ofrecía un respiro. La lluvia siempre había considerado como un regalo del Cielo. A pesar de todo, la misma limpiaba la ciudad, liberaba a la misma de tanto hedor a podredumbre, al mismo hacinamiento de la ciudad. Tanta gente congregada, tanta gente con sus deposiciones que no se iban, sino que allí quedaban, en las calles mientras las enfermedades brotaban como animalitos silvestres que se alimentaban de los que vivían en las calles.

Azotó nuevamente el látigo en el barro y todos se apuraron - ¿Por qué no han sacado los fragmentos del cadáver aún? – preguntó a uno de sus esclavos que caminaba tras suyo.

“Porque aún debe asistir el senescal de la ciudad para indicar la causa de la muerte”

Fue la respuesta que obtuvo. Alguien había sido atacado por animales hambrientos, eso le pareció a él, eso debía haber sucedido, quién más que él sabría cómo matar a una persona, quién mejor que él sabría qué parte del cuerpo humano era la más sabrosa. Un animal que había brotado de la nada para ejercer poder sobre los que compartían su historia. Esos mismos que él castigaba por recordarle su pasado.

Después de unos cuantos minutos, llegaron por fin a la residencia de tan amable comerciante. Los “novicios” fueron bañados y encadenados en una habitación aparte de los que estaban antes que ellos, serían revisados más exhaustivamente por el dueño antes de acomodarlos en los lugares que sería su hogar hasta que alguien los comprara.

Así, regresó a la hoja de papel para anotar la mercancía que acababa de arribar. Caligrafía casi perfecta, bastaba con que sirviera para pagar los impuestos correspondientes, así como el diezmo de la Iglesia.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Alejandro (2)



No es que sintiera placer en castigar a aquellos que se encontraban en situación disminuída, sólo le atraía el hecho de que aprendieran a respetarlo, a verlo como superior, a someterse ante la mirada del que les proveía de techo y comida. Un poco de respeto no le venía mal a nadie, mucho menos a alguien que con tan pocos dones del Señor había resistido a una vida dura y de sacrificios. Conocía de cerca aquella forma de vida, muchos de los esclavos terminaban siendo tratados como parte de la familia a lo largo de los años, en cambio él, sólo le quedaba contentarse con continuar en aislamiento por lo horrendo de su rostro. Sabía que era justo el castigo al que estaba siendo sometido, puesto que sus padres debían haber pecado demasiado, alguien debía cancelar las deudas de aquellos en vida, ¿cierto?

La fusta resbaló de sus dedos para caer entre las heces de los esclavos, allí donde la misma sangre se acumulaba y cuajaba, para luego homogeneizarse con los desperdicios humanos que barridos eran por los esclavos que ya actuaban más sumisos, esos mismos que por su fuerza de voluntad habían acabado con vida y estaban listos para la venta, ya sin casi heridas que fueran de gran importancia.

Regresó hasta su oficina no sin antes dirigirse al ala donde mantenía ocultos a los niños. Esos mismos que revisaba de vez en cuando en busca de alguna huella que indicara algún perjuicio para su negocio. Por lo mismo, para evitar enfermedades, los mantenía con el cabello muy corto, a las niñas y a los hombrecitos, calvos como si fuesen pequeños monjes. De ese modo, los piojos no serían problema, los mantendría limpios para cuando alguien llegara en busca de uno de los más ansiados. También los más caros.

Arrastró a uno de los niños hasta un costado y le ordenó desnudarse. Una vez que el niño hiciera caso deslizó uno de sus dedos por sus diminutos genitales ordenándole levantar la pierna para poder apreciar mejor su cuerpo. El pequeño retrocedió asustado y eso que aún no veía el rostro del hombre que le analizaba como un grandioso científico, sólo deseaba averiguar la morfología de aquellos cuerpos mutilados. Resultaba ser que el niño era de descendencia judía, su cuerpo denotaba la marca de nacimiento. Sonrió entonces cuando sus dedos lograron localizar la cicatriz y le soltó – Vístete – estaba oscuro ese cuarto y por lo visto bastante sucio.

Mandó por implementos de aseo y les hizo comenzar a ordenar la celda, como era natural, los niños corrieron ante sus órdenes, sentían más respeto que los mayores, tal vez terror, por ello mismo sabían que no debían molestarle o sino él se los llevaba y ya no regresaban. Ese era el castigo, no saber qué sucedía con los que le hacían molestar. Algunos decían que el hombre se comía a los niños, eso era lo que los más grandes les contaban a los menores por la noche. Para que hicieran caso.

¿Cómo sabían si no era cierto?

La manera en que el pelirrojo acariciaba sus mejillas daba que pensar, mucho más la manera en que deslizaba sus dedos gruesos por las piernitas, la forma en que los miraba, el no saber la razón por la que los mantenía bien alimentados y observaba cada noche a los esclavos de su propiedad acicalar a los infantes. Resoplaba con el rostro semi cubierto, los niños aún no sabían la razón porque el dueño se ocultaba de esa forma, por ello era que trataban de no hacerle enojar. Tanto misterio, tanto miedo que provocaba y aún sin que Alejandro hiciera ademán con el fin de provocar tal estado.

Regresó luego a su oficina, tan tranquilo como alegre, sentía que hacía un bien a esos pequeños, mantenerlos alejados de tanta desazón. Respiró hondo y luego buscó la pluma para relatar algo en aquella lámina de papel que aún esperaba por sus notas. Terminó de anotar y dejó allí todo a la espera de que se secara la tinta.

Con la mano empujó la cortina y notó que el día clima había cambiado, nuevos goterones pendían desde el cielo como cortina inhóspita hacia los que venían llegando en el navío cercano a la costa.

Avanzó hasta un rincón y sostuvo el abrigo pesado de cuero que llevó hasta sus propios hombros, así lo movió ágil cual paño de raso que pendió pronto de sus hombros y la capucha pesada como abultada cubrió sus facciones – Hora de salir a catear la nueva mercancía – el silbido de entre sus dientes salió y así la puerta gruesa de madera cedió para darle la pasada. Tras él uno de los esclavos más avezados le siguió como un can tras su dueño mientras éste le indicaba avanzar en línea recta cuidando de sus pasos.

Llegaron así a orillas del mar, precisamente a la playa, donde comenzaban a desembarcar todo tipo de mercancía, en especial la de esclavos, esa misma que él estaba revisando, los dientes, los músculos como si se tratara de bestias de carga.

Muchas caras nuevas, esclavos, pasajeros. Gente importante, así mismo polizones de dudosa proveniencia.

Alejandro (1)



Estaba escribiendo sobre cuentas, detallaba la cantidad de esclavos que habían llegado las últimas horas, la proveniencia de los mismos y sus características. Así mismo contrastaba la cantidad de mujeres, de niños y niñas con la de los hombres fuertes que debía mantener preparados para cuando les requiriera algún cliente de recursos cuantiosos.

Débil llama de una vela se mecía con cada vaivén del aire que ingresaba por las rendijas de la vivienda donde se encontraba. No es que el hombre viviese en un gran castillo, tampoco en una residencia que destacara por su opulencia. Más bien parecía una barraca donde un cuarto pequeño era lo más ostentoso que podía poseer, el resto de aquella siniestra morada estaba llena de grilletes de los cuales pendían los cuerpos semi desnudos de los mulatos, de hombres, mujeres, niños y niñas tan delgados que fácilmente se podían contar sus costillas, las vértebras de sus columnas.

Y el murmullo de sus lamentos era lo que permitía el descanso de tan “noble” señor. No de cuna, sino de las mismos títulos que él se daba.

La pluma siguió viajando a través de la hoja de papel que rugosa se extendía como manto sobre la mesa. Una mano a penas cerrada ejercía presión al extremo norte mientras la contraria se ocupaba de hacer lo suyo sobre la hoja a medida de que dibujaba con profundo recato cada una de las letras y números. Inspiró permitiendo al aire ir hasta el término de sus pulmones, en el acto aumentando el volumen de su torso, tan amplio y cubierto por esa tela blancuzca que en sus orillas se notaba amarillenta debido al transcurso de los años, como del uso que el dueño le daba.

Tan calmo se hallaba, que a veces se le olvidaba su oficio. Los días no eran lentos ni apabullantes, sólo una cadena de eventos que se suscitaban debido a lo que había escogido como trabajo para su vida. Por cierto, ninguna regalía. Vivía como cualquier otro, sólo que ni siquiera podía preocuparse de sí mismo, debía atender a las bestias que aún no comprendían la importancia de educarse lo más pronto en las labores que se les ocuparía.

Alzó la vista mientras su mano llevó a la pluma a bañarse de oscuro pigmento donde silenciosa descansaría. Barrió con su mirada la silla cercana y luego la pequeña vela que le acompañaba, los dedos toscos truncaron de pronto la exigua vida de aquella luminaria. Las puntas de los dígitos ahora habían apagado la llama y el aroma a cera se dispersaba en el ambiente.

Se levantó y caminó hasta la ventana para observar a los vecinos avanzar por la callejuela de barro, la noche anterior había llovido, el cielo ahora se mostraba más claro, no para su vivienda que casi siempre se presentaba lóbrega, exenta de todo gusto por la moda. Inclinó la mirada desviando su atención hasta la puerta contraria que fue allí hasta donde llegó. Giró la manilla de la misma y entonces se abrió dejando pasar los múltiples humores que los esclavos expelían, tosió un par de veces y luego cubrió su rostro con una tela clara con el fin de que aquellos pecados que escapaban de los cuerpos de los esclavos no dañaran su cuerpo por demás derruido.

Y les observó de cerca, deslizando los dedos gruesos y largos por los senos de las hembras, la sonrisa se intensificó. Tan suave, tan tersas, tan atractivas las mujeres que les provocaba azotar debido a los malos pensamientos que les obligaban a imaginar. Allí fue que cogió una de las fustas para golpear uno de sus costados obligándolas a gimotear de dolor y horror – Cantad a Yavéh un cántico nuevo – otro azote certero y dejaba cordón de sangre que se vertía por la nívea piel. Así siguió azotando una por una a las mujeres que mantenía encadenadas como animales dispuestos a la revisión de sus nuevos dueños.

Someterlos, eso debía hacer, de modo que aquellas recién llegadas comprendieran que con sólo una mirada debían correr, hacer cuanto el dueño les solicitara, para eso habían nacido.

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